taller de poesía

Este curso se dirige a quienes deseen mejorar su escritura literaria en el género de la poesía o lírica.



Contenidos básicos:



Aproximaciones a su definición


Inspiración vs. Disciplina


Escuelas poéticas y grandes exponentes


Verso libre


Poesía estrófica (soneto, décimas, rima...)


Poesía visual (caligrama, acróstico...)


Recursos poéticos (figuras retóricas, fónicas, sintácticas, semánticas)


Búsqueda de imágenes


La estética


La universalidad


Fondo, forma y ritmo


El estilo


El decir literario


La reescritura


Autocrítica y crítica

LAS HORAS AJENAS (Angela D'Annunzio)

  vc                            Angela D'Annunzio 

Integrante del taller de  Narrativa desde hace más de un año, nos  entrega uno de sus primeros cuentos 

                   LAS   HORAS AJENAS

Mónica había decidido esa mañana llegar mas temprano a la oficina. Estaba preocupada por la dura jornada de trabajo que le esperaba aquel último día del mes. Después de ducharse, se vistió apresuradamente y se dirigió al paradero del autobús.  La micro a esa hora iba casi desocupada y con varios asientos libres. Buscó dentro de su cartera el libro que estaba leyendo. Cómo lamentó no llevarlo consigo. Sin duda habría sido la compañía ideal para mitigar la ansiedad que la inquietaba. Cerró los ojos y se dejó adormecer por el tedioso movimiento del autobús, pero no consiguió ahuyentar por mucho tiempo ese extraño desasosiego que invadía su interior. Tal vez era un aviso que algo no saldría bien ese día. No podía evitar anticiparse a los acontecimientos y siempre imaginaba el peor de los desenlaces. La mayoría de las veces sufría en vano, casi nunca sus pesimistas premoniciones se cristalizaban. Miró a través de la ventanilla del bus y reconoció la casa comercial que diariamente le anunciaba que el fin del viaje estaba próximo y debía bajarse en el paradero siguiente. Apresuradamente se levantó del asiento y tocó el timbre para avisar la parada. Tan pronto como sus pies tocaron la acera, comenzó a caminar casi mecánicamente en dirección hacia una construcción de altura que se asomaba al final de la avenida. Una hilera de casonas antiguas se extendía a lo largo de ambas veredas, separadas por un hermoso parque. El entorno conservaba un aire señorial, pese a que muchas de las casas estaban convertidas en acogedores cafés y elegantes restaurantes. Poco antes de llegar al final de la ancha avenida, el paisaje cambiaba abruptamente. La torre que Mónica había visto desde lejos, aparecía ahora imponente, como un gigante de treinta pisos de altura, en medio de las residencias de estilo europeo, construidas con ladrillos y piedras y con techos de tejas rojas y apenas unas pocas alcanzaban los tres pisos de altura. En el antejardín que conducía a la entrada del edificio Mónica se detuvo unos momentos, para recorrer con sus ojos la construcción, -de abajo hacia arriba- intentando identificar las persianas metálicas color azul que protegían del sol las ventanas de su oficina. Tras reconocerlas, sin saber porqué se estremeció. Al parecer aquella especie de escalofrío espantó sus pensamientos, haciéndole tomar conciencia de su corpórea realidad y allí estaba otra vez, a punto de renunciar a esas nueve horas de su vida, para ponerlas a la disposición de la Sociedad X y X Ltda. Nueve horas que sabía suyas, pero desde ese instante empezaban a serle arrebatadas.  Miró   hacia  el   cielo  pensativa,  parecía querer retener aquella soleada mañana en sus pupilas, pronto se le escurriría por entre los fríos muros de cemento de la oficina. Desalentada, dejó escapar un efímero suspiro y con decisión ingresó al edificio. El amplio salón de acceso estaba desierto. Ambos ascensores se hallaban detenidos en el primer piso. Presionó el botón de llamada, -que estaba empotrado en el muro- y casi instantáneamente la puerta de uno de los ascensores se abrió. Desde el interior del ascensor dirigió su vista por última vez al salón de recepción. Este continuaba desierto. A esa hora era muy poco probable que alguien entrara al edificio. Sin esperar más, con su dedo índice hundió el botón que tenía grabado el número siete. La puerta del aparato se cerró de inmediato, tan mágicamente como se había abierto. La anticuada máquina crujió, talvez para avisarle que daba por iniciada la travesía. Mónica respiró profundamente para espantar la ansiedad que parecía querer hacerse visible de un momento a otro desde un rincón del ascensor. Tenía que esfumar de alguna forma el temor de hallarse sola en medio de ese espacio tan reducido. Tenía que olvidarse de ese mecanismo extraño que la transportaba a través del vacío, dentro de aquella caja herméticamente sellada, que colgaba sostenida solo por una maraña de engrasados cables en movimiento. Era preciso ponerse a pensar en las tareas que el día anterior no había alcanzado a terminar porque hoy vencía el plazo, impostergablemente…Ayer no había ingresado las visitas a las hojas de ruta por falta de tiempo…Hoy  imperiosamente tenía que entregárselas a los vendedores…Debía además facturar todas las notas de ventas del mes que habían quedado rezagadas  porque los datos de los clientes que figuraban en ellas no estaban completos…Tampoco podía olvidar las guías de despacho con las que ayer a última hora habían salido los productos para el reparto. Se preguntó si lograría realizar estas tareas antes de las diez de la mañana, después de esa hora sería imposible, el teléfono no dejaría de sonar. Los clientes y distribuidores como de costumbre saturarían las líneas de la centralita, solicitando cotizaciones e información técnica y más de alguno vendría a visitar la sala de exposición para conocer el funcionamiento de los equipos. Debería tener a mano los catálogos que seguramente le pedirían.

De pronto, las luces del ascensor empezaron a parpadear. Mónica observó los tubos fluorescentes que estaban adosados al cielo del aparato. Se preguntó cuándo los habrían revisado por última vez. Y claro, justo ahora empezaban a fallar… Ah, era preciso darse tiempo para preparar la sala de reuniones. Al medio día sería la presentación del nuevo producto a los distribuidores. Pero había algo importante que no podía recordar. Cerró los ojos casi inconscientemente durante apenas un frágil segundo. Al abrirlos se horrorizó, no logró ver nada. La caja metálica había quedado completamente a obscuras. Escuchó un raro crujido, después la máquina dio una especie de salto y se detuvo. Sintió un fuerte golpe en medio del corazón, como si algo o alguien se lo  hubiera querido arrancar del pecho. Por un segundo pensó que su cuerpo se había paralizado. Súbitamente una oleada de frío empezó a recorrer todo su cuerpo. Un extraño sudor empapó su cara, su cuello, su pecho, su espalda y sus manos, las que intentó secar frotándolas contra sus ropas, pero éstas también estaban húmedas.  Tuvo la sensación de que de un momento a otro iba a abandonar su cuerpo. Un escalofriante grito se le escapó de la garganta, luego otro aún  mas   fuerte, a la vez que sus dedos empapados de sudor presionaban los botones del tablero que ya no podía ver. Notó como su respiración se entrecortaba, le pareció que el oxígeno que respiraba no llegaba a sus pulmones. Tenía que salir de allí, era preciso que se enteraran que estaba atrapada entre los muros del edificio. Empuñó sus manos y con toda la fuerza que tenían sus brazos, empezó a golpear sin cesar las duras paredes de metal que retumbaban estrepitosamente en sus oídos como millones de tambores al unísono. Su voz estalló en medio del estruendo, pidiendo auxilio, implorando que alguien la rescatara de las fauces de aquel monstruo de metal…Nadie parecía escuchar…

Así como se evapora la neblina, dejando tras de ella un luminoso día de sol, repentinamente la puerta de aquella jaula del terror se abrió. Mónica entonces vio aparecer frente a ella rostros desconocidos que estupefactos la observaban. Ignorando aquellas miradas atónitas, que atentas seguían todos sus movimientos, Mónica bajó los ojos y empezó a mirarse desde los pies hasta su pecho. Enderezó su chaqueta, acomodó el cuello de su blusa, impávida puso en orden unos mechones de su cabello que caían desordenados sobre sus ojos. Con decisión se sacó los lentes para luego ponérselos nuevamente, asegurándose con los dedos que había quedado bien sujeto detrás de sus orejas y ya casi totalmente relajada, abandonó el ascensor despreocupadamente, como si jamás hubiese sido la víctima de esa horrorosa pesadilla.

Si alguien hubiese tenido la oportunidad de mirarla de frente en el momento exacto en que detrás de ella se cerraba la puerta del ascensor, llevándose a los testigos de su desvarío hubiera advertido que se  hallaba terriblemente avergonzada. La piel de ese rostro parecía estar incendiándosele en las mejillas.

Mónica se detuvo un instante en el pasillo deshabitado.  Abrió la cartera con la intención de buscar su espejo, pero al punto desistió. No se atrevió a mirarse. No quería encontrarse con ella misma. Sintió temor de ver en él reflejada la imagen de su otro yo, a la verdadera Mónica, trémula y perturbada que solo ella conocía, porque se ocultaba hábilmente detrás de aquella mujer que irradiaba confianza y seguridad. Desde su interior, la voz de esa Mónica incorpórea e invisible no cesaba de repetirle que mantuviera la calma,   que ignorara el temblor involuntario de sus párpados y esa sensación de nudo en la garganta y la opresión en el pecho que la tenía al borde del llanto.

Fue la misma voz que la hizo olvidar el espejo y que la obligara a  poner una sonrisa en sus labios, para que contestara cortésmente – “Buenos días señor”– al saludo del principal cliente de la empresa, que ya esperaba a su jefe en la sala de recepción de la oficina.

Mientras gentilmente la secretaría  servía el cafecito ofrecido a aquel señor tan importante,  al  tomar la bandeja para llevárselo,  advirtió complacida que había podido controlar por completo el temblor de sus manos.  Era lo que tenía que hacer. Después de todo –pensó– aquellas horas de su vida ya no le pertenecían en absoluto.


ESCRITOR INVITADO

Julio Cortazar (1914-1984)
Cortazar

Julio Cortázar nació en Bruselas el 26 de Agosto de 1914, de padres argentinos. Llegó a la Argentina a los cuatro años. Paso la infancia en Bánfield, se graduó como maestro de escuela e inició estudios en la Universidad de Buenos Aires, los que debió abandonar por razones económicas. Trabajó en varios pueblos del interior del país. Enseño en la Universidad de Cuyo y renunció a su cargo por desavenencias con el peronismo.

En 1951 se alejó del país y desde entonces trabajó como traductor independiente de la Unesco, en París, viajando constantemente dentro y fuera de Europa. En 1938 publicó, con el seudónimo Julio Denis, el librito de sonetos ("muy mallarmeanos", dijo después el mismo) Presencia. En 1949 aparece su obra dramática Los reyes. Apenas dos anos después, en 1951, publica Bestiario: ya surge el Cortázar deslumbrante por su fantasía y su revelación de mundos nuevos que irán enriqueciéndose en su obra futura: los inolvidables tomos de relatos, los libros que desbordan toda categoría genérica (poemas-cuentos-ensayos a la vez), las grandes novelas: Los premios (1960), Rayuela (1963), 62/Modelo para armar (1968), Libro de Manuel (1973). El refinamiento literario de Julio Cortázar, sus lecturas casi inabarcables, su incesante fervor por la causa social, hacen de él una figura de deslumbrante riqueza, constituída por pasiones a veces encontradas, pero siempre asumidas con él mismo, genuino ardor. Julio Cortazar murió en 1984 pero su paso por el mundo seguirá suscitando el fervor de quienes conocieron su vida y su obra.

Entre sus obras:
  

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