cuento del mes:

CUENTO DEL MES: AGOSTO 2010

 

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Título: Bajé corriendo las escaleras...

Autora: Rossana Quiroz, chilena, Contadora-Auditora, integrante del taller de narrativa de Letraviva desde noviembre de 2009.
rquiroz@vtr.net 

 

Bajé corriendo las escaleras, casi no sentía donde se apoyaban mis pies para dar fuerza a mi carrera. En pocos y eternos segundos estuve inmóvil  parada en medio de la cocina, tiritando de pie a cabeza, mis rodillas apenas me sostenían, en la penumbra  mirando desesperadamente no se qué, que buscaba, no recuerdo, no recuerdo, si, si  el cuchillo más filoso, el de cortar carne, pero donde es que lo dejo siempre.

Me abalancé sobre el cajón del servicio revolví todo con desesperación, torpemente con el brazo dejé caer un jarrón que contenía jugo, un jugo viscoso de rojo intenso que marcó su trayecto desde el mesón a las blancas baldosas, detuve un momento mi frenética búsqueda para observar el liquido deslizase con certidumbre hasta mis pies descalzos, los vi empaparse de rojo lentamente, desconcertada, no lograba descifrar la imagen.

Abrí todos los cajones transformando el orden en caos en busca del cuchillo perdido. Bajé la cabeza  agotada  mi esperanza y las  huellas de mis pies teñían de rojo  todo el piso.

 Con desolación comprendí que el objeto perdido debía estar en el dormitorio, y si estaba ahí no era una  pesadilla, mire entonces mis manos, las aleje bruscamente, estaban teñidas de rojo vivo y brillante.

En un último esfuerzo por comprobar  la  pesadilla volví al dormitorio, no recuerdo los peldaños de la escalera solo la baranda pegajosa que evité tocar, no quise saber qué era eso viscoso que la penumbra ocultaba.

Respire profundamente abrí la puerta con suavidad y te vi, la silueta de tu cuerpo arropada, recortada contra la luz de la luna. Sentí una calma repentina, le diré a mi siquiatra que las pastillas para dormir que me recetó me hacen tener pesadillas de horror. Me recosté a tu lado evitando interrumpir tu sueño profundo.

Tu mano fría me remece, seguro me he movido mucho y me quieres despertar por fin, tengo frio intenso y quiero despertar, no logro despegar mis ojos, tengo frio intenso, vuelves a remecerme, no logro despegar mis ojos el cansancio me hace tan pesados los parpados.

Oigo tu voz lejana distante, algo me dices, algo me preguntas, tengo frio intenso. Oigo una voz, es un hombre desconocido para mí, que grita algo, qué estará diciendo, me concentro en descifrar esos gritos, oigo rechinar ruedas de metal, el frio va desapareciendo, parece que las ruedas van por un pasillo largo de baldosas.

Regina, mi amor, tu vos desesperada  me pregunta  de  lejos, ya casi no te oigo, ya casi no tengo frio.

 Unas manos muy frías me mueven, algo me clavan en los brazos pero no duele.

 Solo quedan fijas en mi mente  imágenes borrosas, tu cara sonriendo hablándome de las próximas vacaciones, mis brazos como granadas maduras, el agua tibia de la tina, teñida de rojo intenso.

 El frio pasó y no punza mis huesos, ya no oigo las voces, ya no quiero esas pastillas rosadas, nunca me gustaron. Solo queda este sopor, imposible resistir más. Descanso, sólo descanso. 

 

 ABRIL 2010

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Autor: Luiz García-Selli, Integrante del taller de narrativa letraviva desde abril de 2009- luiz.selli@gmail.com

 

IMPERDONABLE


En todas las relaciones amorosas, siempre supe que había un cierto grado de locura o insensatez, pero al imaginar que Isidora tenía una segunda vida paralela a la nuestra, confieso que la única opción frente a mis ojos, era dejarla.
Lo que todos conocían como una pareja convencional, era una simple cadena de actividades cotidianas que uno cree la felicidad, pero debajo de cada desayuno puntual y aburrido, por detrás de cada orgasmo ensayado, al lado de cada “te amo” se escondía una mujer que quizás jamás conocí.
Tal vez, las primeras señales de su doble vida, fueron las largas llamadas telefónicas a su celular, que Isidora insistía en contestar lejos de mí, ella cogía al teléfono al primer toque y su voz temblaba como si quisiera ocultarme un secreto. Me acuerdo que una vez, no soportando verla alejarse de nuevo, me puse junto a la puerta de forma que no me viera, como una serpiente preparándose para atacar, pero apenas pude escuchar su voz, esperé que terminara su conversación y cuando finalmente lo hizo, respiré a fondo como si fuera a saltar de un precipicio y me paré frente a ella, con la voz trémula le pregunté - Isidora, te lo pregunto uno sola vez y quiero que me digas la verdad - mientras yo buscaba más oxígeno para terminar mi pensamiento ella se adelantó – Elige muy bien tus palabras Santiago, pues yo ya he elegido las mías – su tono fuerte y claro me tocaron como una amenaza, como si yo de repente fuera el enemigo. Tragué la saliva tibia - Solo quiero que me digas hace cuánto tiempo tienes otro - Isidora desvió sus ojos y mirando hacia la ventana, balbució una palabras como si estuviera hablando sola. ¡Dímelo, mujer!  Sus ojos ahora tenían un brillo de desprecio y sus lágrimas corrían en su rostro como ratas en navío sin futuro. Me detuve en sus ojos admirando el verde mezclarse con rojo, su mano acercándose a mi cara con la violencia de un carnicero. No reaccioné, me quedé allí mirándola casi agradecido por haberme tocado, mientras ella, cogía la llave de su auto y se iba sin decirme adónde.
Desde entonces apenas hablábamos, Isidora salía casi todas las noches y yo me acostaba temprano, intentando encontrar algún sentido a nuestra relación. En realidad, te puedo decir que en algún momento pensé que ella se daría cuenta de cuanto me había herido y volveríamos a ser lo que un día fuimos, pero tampoco sabía lo que habíamos sido.
Para mi sorpresa, las secretas conversaciones por teléfono continuaron y lo que único que yo lograba escuchar eran bares, cinemas, restaurantes con sus supuestas amistades, fue cuando me di cuenta de que solo yo me empeñaba en mantener nuestra relación o lo que restaba de ella.
Aún recuerdo que al volver del trabajo la vi planchando ropa, escuchando música, muy relajada como si no le importara el fin. Su aparente felicidad me desconsoló y no lo iba a permitir. Te ves contenta, Isidora – le dije para que se diera cuenta de que su risa y su música no correspondían. Al escucharme, sin mirarme a los ojos, me dijo - ¿ya llegaste? – Repulsión fue lo que sentí en sus palabras. La dejé planchando pidiéndole a Dios que se quemara al menos un dedo, para que pudiera sentir un poco de mi dolor.
No te puedo decir lo que me atormentaba más, la cruel piedra de hielo donde dormíamos o verla arreglarse todos los días y saber que cada cabello peinado, cada lápiz en sus labios, cada color en sus mejillas eran como personajes en una obra de teatro donde yo no era bienvenido.
Después de algunas semanas, quizás meses de tortura impulsada por la ignorancia e inquietud, me atreví a enfrentarla. Me desperté un miércoles cualquiera, solitario una vez más en nuestra cama y al levantarme pude verla acostada en el sillón negro, regalo de nuestra boda, leyendo como si quisiera olvidarse de que yo aún hacia parte de su vida. A pasos lentos, me acerqué y me senté a su lado y le quité el libro de la cara esperando un poco de atención, se le cayó el libro de su mano y el silencio me invadió el alma, como si una tormenta se acercara. La vi levantarse con los bellos ojos verdes pero ahora llenos de lágrimas, sus labios hinchados de rabia y sangre se abrieron rompiendo el silencio ¡Aléjate de mí, desgraciado me das asco! La miré con todo el amor que le tenía y al verla gritar con pasión, me dio pena y lo único que deseaba era estar junto a ella y quitarle el dolor de encima. La envolví con cariño en mis brazos, ella se retorcía y gritaba como un cerdo, la abracé cada vez más fuerte y pude sentir el aroma de su pelo bien lavado rozando mi cara, desahogándose en mi pecho, sintiendo sus lágrimas mojarme la camisa y los gritos convertirse en susurros, hasta el silencio absoluto. Como una flor delicada la dejé en el sillón negro, callada y tranquila como yo siempre la quise.
Al otro día me levanté temprano y no la vi a mi lado y fue cuando supe que era el fin. Camino a la cocina la vi acostada en el sillón como la había dejado. Cerré las cortinas de la sala y me acerqué en silencio para que no despertara, delicadamente le saqué una pequeña gota de sangre seca de sus labios con mis dedos y la besé por la última vez. Volví a la pieza para hacer los bolsos y me fui de la casa. Hoy te puedo decir que la razón de haberla dejado no fue la infidelidad que jamás supe si era real, sino el vacío causado por el simple hecho de que ella ya no temía perderme. Imperdonable.

 ***

FEBRERO 2010

 

Autora: Andrea M. Streeter, Integrante del taller de narrativa letraviva desde abril de 2009- andrea.maturana@gmail.com

I

Estefanía no soportaba más el encierro, las paredes de su casa eran ahora peores que las barras de una cárcel. Habían pasado casi 18 días y su determinación por transformarse en lo único que siempre había deseado -nada más que alguien normal- flaqueaba desde el centro amenazando con volverla loca. Durante los primeros días pensó que tal vez no sería tan desagradable el proceso: se dedicó a arreglarse las uñas, teñirse el pelo, vio una o dos series estúpidas en un canal que ya no recordaba y merodeó por las habitaciones que contenían retazos de su vida, sin prestarles mayor atención; las paredes gastadas y los marcos con fotografías familiares que acumulaban polvo, no representaban mayores obstáculos para su nueva vida. Tenía todo lo necesario para ser feliz, libertad y ridículas sumas de dinero, gracias a la avaricia de su padre que jamás gastó más de lo absolutamente necesario; a pesar de la fortuna que había heredado y aumentado sin medida.

 

En menos de una semana decidió que debía contratar a un diseñador de interiores para cambiar por completo los tres pisos que la rodeaban y un paisajista que le diera al jardín un nuevo resplandor. Quería iluminarlo todo, como si la luz fuera suficiente para espantar toda una vida. Pero la decisión se quedó en el aire con tantas otras cosas.

Los días le fueron cambiando de a poco el ánimo y las memorias se instalaron en sus sueños, ¿sabían acaso que sólo ahí no podría controlarlas? Volvieron uno a uno los golpes, los gritos, las duchas interminables, su madre gruñendo “asquerosa, no importa cuanto te bañe sigues siendo asquerosa”, los ojos de su padre fijos en las sombras.

 

Después volvió el olor a sangre en las paredes, las lágrimas falsas que corrían por su cara y que nadie jamás cuestionó; la dulzura de la victoria sobre todos, sobre ellos que se negaron a ver lo que pasaba tras la puerta roja de la calle dos, ¿Acaso nunca oyeron sus gritos? Tal vez no, el jardín era grande, los muros altos y a nadie le importaba lo que sucediera tras ellos; lo que el dinero no podía comprar, lo compraba un apellido en esta ciudad.

 

Entonces la casa otra vez se llenó de ruidos sordos y alongados, otra vez cada rincón tenía escondida una memoria que no le dejaba recordar nada bueno, nada decente, nada medianamente agradable de los 13 años que vivió aquí y Estefanía dejó de negarse a si misma que era el monstruo que trataba de esconder; ese que disfrutó cada centímetro de piel que atravesó con el cuchillo de cocina, que incluso disfrutó mientras se desfiguraba el pecho con la última puñalada. Aun así, se mantuvo fiel a su promesa de detenerse, sin importar el placer que le provocaran los recuerdos de los ojos de sus padres, fijos en el techo con las pupilas dilatadas y expuestas a la luz del día.

Pero tres semanas fueron demasiado y sin planearlo salió a la calle, vestida con la ropa adecuada para atraer a otro tipo a su puerta. Le parecía casi estúpido que de todos ellos, a ninguno se le ocurriera cuestionarse cómo la adolescente que los conquistaba en plena calle, vivía en semejante casa. Claro que tampoco estaban en condiciones mentales como para pensar demasiado las cosas, los hombres perdían fácilmente el control en sus manos y ella lo consideraba nada menos que un arte.

No caminó mucho antes del primer silbido y en menos tiempo del que había presupuestado, una camioneta blanca le abría la puerta invitándola a sentarse en sus asientos de cuero gastado, que emanaban un olor similar al de animales muertos.

Ahora la sangre corría en hilos delgados colándose en las fibras de su ropa, nada más importaba, todo era perfecto.

 

La casa se sumió otra vez en el silencio y Estefanía volvió a sonreír; si los gritos de extraños eran lo que necesitaba para acallar esos que habían decidido invadirle la cabeza, ¿por qué resistirse? Ordenó meticulosamente las partes mutiladas sobre el plástico azul y llenó un frasco con formalina. De éste se quedaría con los ojos, porque la habían sorprendido; el horror y la desolación eran algo que esperaba pero, un segundo antes de que desaparecieran todas las emociones, creyó ver algo similar al alivio y aunque no lo entendió, la belleza del momento aún la acompañaba.

 

El resto era basura, abono para las rosas “fish, blood and bones” como decían los ingleses y el pescado era opcional a su juicio, porque aún no había visto mejores flores que las que llenaban los bordes de su casa. Volvió a proponerse contratar un paisajista, o tal vez un jardinero, mientras cerraba el frasco levantándolo hasta ponerlo a la altura de su mirada. “quizás un día pueda conservar algo de emoción en ojos como estos”, pensó suspirando casi con decepción al ver que ya no parecían expresar nada humano. Los dejó suavemente en el borde de la ventana, tomó una silla y se sentó cruzando los brazos sobre la madera para apoyar en ellos su cabeza; quería ver esas esferas blancas y azules flotando en la luz de la noche, antes de que la formalina hiciera los primeros estragos. Entonces la invadió el cansancio cerrándole los ojos.

 

“Estefania, lo prometiste. Me juraste que no haríamos esto nunca más” Y la voz chillona de su gemela le perforó los tímpanos, llenándola de una sensación peor al desagrado.

“Lo siento Tasha” No sabía que más decir y se sorprendió al descubrir que en realidad, y por primera vez, no lo sentía.

 

Hubo una época en que vivir sin Anastacia fue el peor castigo, obligándola a crecer sola en una casa donde nadie era capaz de mirarla a los ojos; pero Anastacia, su pequeña y risueña “Tasha” de ojos almendrados y pelo rebelde,  había vuelto. Desde entonces la acompañaba siempre, con su vestido blanco lleno de diminutas flores negras, que ahora la volvía una visión tan ridícula como macabra, parada con las manos en la cintura sobre los restos de su acompañante de esta noche.

 

Y Estefanía sólo quería disfrutar estos escasos momentos de silencio.

 

“Siempre rompes tus promesas” Era desgarrador verla tan decepcionada “Ya no te creo…” su mirada parecía contener una mezcla de repulsión y desamparo “…nada” 

 

“Lo siento” dijo otra vez bajando la cabeza y cuestionándose si su voz sonaba así de desencajada normalmente o era sólo, que ya no lograba inyectarle emoción a sus palabras. Se dio cuenta de que en realidad tampoco le importaba.

 

“No, no lo sientes y no lo vas a sentir nunca” Los ojos de Anastacia se abrieron como si fueran capases de tragarse al mundo “Eres un monstruo, mi vida desperdiciada en un monstruo”, sólo parecía caber ira en esa pequeña voz.

Estefanía se levantó como si la amenazaran un centenar de manos invisibles y su cabeza explotó en imágenes:

Gente

Risas desmedidas

Mozos con fuentes de plata que tapaban la luz

La mesa llena de regalos, negros, blancos

Los brazos de su padre sujetando una torta de dos pisos

Velas y payasos

El viento  

La cinta favorita de Anastacia flotando en la piscina

                                                                       … tenía que alcanzarla

El agua entrándole a bocanadas por la garganta

Los zapatos blancos de su hermana moviéndose frenéticamente en la superficie que no alcanzaba

Gritos lejanos

Remolinos a su lado

Silencio

Una mano ajena tirándole el vestido, ahorcándola

Aire y un dolor intenso en su pecho cada vez que respiraba

Abrir los ojos

¿Tasha?

Ver sangre y restos de cabello pegados a las baldosas blancas

Sangre en el agua

Los gritos de su madre

“Anastasia no, Anastasia”

Su padre desplomándose con un bulto entre los brazos

Acercarse tambaleando

La cabeza de su hermana, flácida hacia un lado

Esos ojos abiertos que la miraban sin mirarla…

 

Sacudió la cabeza y se tapó los oídos, “para Tasha, por favor para” las imágenes se detuvieron en seco. Sintió  que la invadía algo parecido al vértigo, se sentó en el piso para no caer y al hacerlo metió la mano de lleno en el plástico azul, la viscosidad llenó el espacio entre sus dedos, transformando su boca en un sinfín de sabores amargos y vuelcos estomacales.

 

Anastacia reía en algún lugar lejano de la cocina y en un segundo volvió el silencio. Inspiró lento llenándose los pulmones y trató de levantarse, pero el piso resbaloso hizo que le fallara el equilibrio en el segundo exacto en que la voz de su hermana se materializó en sus oídos, con un grito que la hizo resbalar y caer de espaldas. Un ruido fragmentado, hueco le llenó el cráneo y sintió como se le empapaba de sangre el cabello, pero al notar que esta sangre ya no estaba tibia se le curvaron los labios en una sonrisa de alivio, que duró muy poco.

 

Su día perfecto se había vuelto grotesco y decidió que era hora, tenía que deshacerse de Anastacia; no podía seguir en esta vida de constantes recriminaciones y recaídas. Abrió los ojos sin poder enfocar aún los movimientos desencajados que percibía entre las sombras. Pestañeo un par de veces y las figuras volvieron de a poco a tener contornos definidos, el techo, el pequeño tragaluz, la primera luz del día iluminando su brazo suspendido en al aire, su mano sujetada por las diminutas manos de su hermana.

 

El brillo del acero que le apuntaba al pecho goteando sangre ajena y la obviedad de las intenciones repartidas en la cara de Anastacia, le provocaron una carcajada que no intentó disimular.

 

“ay Tasha, que dramática” y su risa pareció hacer eco en cada rincón de la casa divirtiéndola aun más.  

 

Anastacia no pareció molestarse, se limitó a girar lentamente la cabeza hasta cuadrar perfectamente sus miradas y una sonrisa triunfal le llenó de a poco la expresión, justo cuando Estefanía notó que era incapaz de moverse; su brazo no era más que peso muerto sujeto a la voluntad de su hermana, que lo soltó sin dejar de sonreír o de mirarla. Dolor, horror, desolación ¿alivio? y Estefanía desvío los ojos al frasco que aún descasaba en la ventana.