felicitaciones a nuestra compañera Vânia Paggi

 

Vânia Paggi, integrante del taller de narrativa de letraviva, es una de las ganadoras del concurso “Relatos de Colección”, organizado por el Museo Nacional de Bellas Artes y cuyo objetivo era invitar a la comunidad a escribir un relato sobre alguna de las 100 obras de la Colección Nacional del Museo.

 

La iniciativa se enmarca en las celebraciones del Centenario del edificio del Museo. El proyecto está acogido a la Ley de Donaciones Culturales. Nos unimos a la buena noticia y felicitamos a nombre de letraviva a nuestra compañera y amiga.

Compartimos con ustedes el relato ganador:

OJOS SOBRE EL LIENZO

 

A fines de mayo de 1858, en Alemania, sintiendo que no volvería al país que tanto amó, Mauricio Rugendas me dijo: “Hay pasión en tus ojos cuando narro las costumbres de Sudamérica y te recomiendo amigo mío a descubrir por ti mismo todos sus encantos”, luego me hizo prometer que llevaría sus pinceles para que fuesen enterrados en Chile a las orillas del río Mapocho. Mientras recorría los países esbozados por Rugendas, escuché hablar de un gran poeta chileno, mi amor por la poesía y el afán por cumplir el encargo que secretamente me había sido confiado, hicieron que la expectativa de llegar a Chile se convirtiera en un deseo colosal. Algunas cosas habían cambiado desde su última estadía por esos parajes, pero no fue difícil entender porque escogiera esas tierras para reposar su espíritu. Me encontraba arrodillado cerca al río honrando su memoria cuando percibí que un hombre de piel canela, manta de hilo rojo, y sombrero puntiagudo me observaba desde su caballo. “Manuel de Santiago a sus órdenes”, dijo respondiendo a mi saludo. Motivado por la placidez del coloquio que se siguió, acepté acompañarlo hasta Valparaíso. Caía la noche cuando le pregunté su oficio, “Soy Poeta”, me dijo y como si necesitara aclarar la razón que movía su destino, acrecentó: “Me convertí en bardo desde que conocí una lavandera”. El recorrido se convirtió en una placentera fiesta; ajiaco, anticuchos, empanadas, sopaipillas, y otros platos eran servidos en todos los pueblos que pasábamos, siempre acompañados de las mejores cuecas y regados a pisco sour para mi regocijo. Inúmeras fueron las serenatas en que Manuel se lució con sus versos. Fascinado con el idílico romanticismo de sus poemas me ofrecí para transcribirlos. “Te agradezco amigo”, me dijo “Pero mis versos ya están escritos en el viento y mi amada sabrá interpretar mis runas. Lo que yo necesito es que tú encuentres a María del Carmen y le digas que yo aún la siento.” Años después habiendo perdido la esperanza de atender el pedido de Manuel, decidí volver a mi país, pero un recuerdo de Rugendas acabó llevándome al sitio donde dejara sus pinceles y encontré una mujer de cabellos negros, vestido blanco y delantal rojo, lanzando copihues al río. Me contó que allí había conocido a un huaso que le jurara a través del viento murmurar baladas de amor a sus oídos. “Yo me enamoré de él”, dijo “pero estaba casada y tenía miedo de perder el afecto de mis hijos, por eso decidí mantener nuestros encuentros en mis pensamientos porque sé que donde él esté, será capaz de sentirme.” Al escuchar su historia comprendí que cuando Mauricio Rugendas, en 1835, embriagado por el esplendor de los Andes decidió guardar en un lienzo el armonioso instante en que un hombre recostado sobre su caballo contemplaba una mujer lavando ropa en el río no apenas retratara la imagen de Manuel de Santiago y de María del Carmen, sino que había logrado pintar el alma del huaso y de la lavandera.