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<pubDate>Mon, 06 Feb 2012 07:04:02 -0300</pubDate>
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<title>felicitaciones a nuestra compańera Vānia Paggi</title>
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<pubDate>Mon, 08 Feb 2010 19:50:59 -0300</pubDate>
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<description><![CDATA[<p class="MsoNormal" style="text-align: justify; margin: 0cm 0cm 0pt;"><span style="font-family: Times New Roman; font-size: 12pt;">&nbsp;</span><b><img src="http://bligoo.com/media/users/0/45999/images/public/3420/vania.jpg?v=1265669327066" title="vania.jpg" style="border: 0; margin: 4px;" /></b></p>
<p><b>V&acirc;nia Paggi</b>, integrante del taller de narrativa de letraviva, es una de las ganadoras del concurso &ldquo;Relatos de Colecci&oacute;n&rdquo;, organizado por el Museo Nacional de Bellas Artes y cuyo objetivo era invitar a la comunidad a escribir un relato sobre alguna de las 100 obras de la Colecci&oacute;n Nacional del Museo. </p>
<p>&nbsp;</p>
<p>La iniciativa se enmarca en las celebraciones del Centenario del edificio del Museo. El proyecto est&aacute; acogido a la Ley de Donaciones Culturales. Nos unimos a la buena noticia y felicitamos a nombre de letraviva a nuestra compa&ntilde;era y amiga. </p>
<p>Compartimos con ustedes el relato ganador: </p>
<p><strong>OJOS SOBRE EL LIENZO</strong></p>
<p>&nbsp;</p>
<p>A fines de mayo de 1858, en Alemania, sintiendo que no volver&iacute;a al pa&iacute;s que tanto am&oacute;, Mauricio Rugendas me dijo: &ldquo;Hay pasi&oacute;n en tus ojos cuando narro las costumbres de Sudam&eacute;rica y te recomiendo amigo m&iacute;o a descubrir por ti mismo todos sus encantos&rdquo;, luego me hizo prometer que llevar&iacute;a sus pinceles para que fuesen enterrados en Chile a las orillas del r&iacute;o Mapocho. Mientras recorr&iacute;a los pa&iacute;ses esbozados por Rugendas, escuch&eacute; hablar de un gran poeta chileno, mi amor por la poes&iacute;a y el af&aacute;n por cumplir el encargo que secretamente me hab&iacute;a sido confiado, hicieron que la expectativa de llegar a Chile se convirtiera en un deseo colosal. Algunas cosas hab&iacute;an cambiado desde su &uacute;ltima estad&iacute;a por esos parajes, pero no fue dif&iacute;cil entender porque escogiera esas tierras para reposar su esp&iacute;ritu. Me encontraba arrodillado cerca al r&iacute;o honrando su memoria cuando percib&iacute; que un hombre de piel canela, manta de hilo rojo, y sombrero puntiagudo me observaba desde su caballo. &ldquo;Manuel de Santiago a sus &oacute;rdenes&rdquo;, dijo respondiendo a mi saludo. Motivado por la placidez del coloquio que se sigui&oacute;, acept&eacute; acompa&ntilde;arlo hasta Valpara&iacute;so. Ca&iacute;a la noche cuando le pregunt&eacute; su oficio, &ldquo;Soy Poeta&rdquo;, me dijo y como si necesitara aclarar la raz&oacute;n que mov&iacute;a su destino, acrecent&oacute;: &ldquo;Me convert&iacute; en bardo desde que conoc&iacute; una lavandera&rdquo;. El recorrido se convirti&oacute; en una placentera fiesta; ajiaco, anticuchos, empanadas, sopaipillas, y otros platos eran servidos en todos los pueblos que pas&aacute;bamos, siempre acompa&ntilde;ados de las mejores cuecas y regados a pisco sour para mi regocijo. In&uacute;meras fueron las serenatas en que Manuel se luci&oacute; con sus versos. Fascinado con el id&iacute;lico romanticismo de sus poemas me ofrec&iacute; para transcribirlos. &ldquo;Te agradezco amigo&rdquo;, me dijo &ldquo;Pero mis versos ya est&aacute;n escritos en el viento y mi amada sabr&aacute; interpretar mis runas. Lo que yo necesito es que t&uacute; encuentres a Mar&iacute;a del Carmen y le digas que yo a&uacute;n la siento.&rdquo; A&ntilde;os despu&eacute;s habiendo perdido la esperanza de atender el pedido de Manuel, decid&iacute; volver a mi pa&iacute;s, pero un recuerdo de Rugendas acab&oacute; llev&aacute;ndome al sitio donde dejara sus pinceles y encontr&eacute; una mujer de cabellos negros, vestido blanco y delantal rojo, lanzando copihues al r&iacute;o. Me cont&oacute; que all&iacute; hab&iacute;a conocido a un huaso que le jurara a trav&eacute;s del viento murmurar baladas de amor a sus o&iacute;dos. &ldquo;Yo me enamor&eacute; de &eacute;l&rdquo;, dijo &ldquo;pero estaba casada y ten&iacute;a miedo de perder el afecto de mis hijos, por eso decid&iacute; mantener nuestros encuentros en mis pensamientos porque s&eacute; que donde &eacute;l est&eacute;, ser&aacute; capaz de sentirme.&rdquo; Al escuchar su historia comprend&iacute; que cuando Mauricio Rugendas, en 1835, embriagado por el esplendor de los Andes decidi&oacute; guardar en un lienzo el armonioso instante en que un hombre recostado sobre su caballo contemplaba una mujer lavando ropa en el r&iacute;o no apenas retratara la imagen de Manuel de Santiago y de Mar&iacute;a del Carmen, sino que hab&iacute;a logrado pintar el alma del huaso y de la lavandera.</p>
<p>&nbsp;</p>]]></description>
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