Angela D'Annunzio
Integrante del taller de Narrativa desde hace más de un año, nos entrega uno de sus primeros cuentos
Mónica había decidido esa mañana llegar mas temprano a la oficina. Estaba preocupada por la dura jornada de trabajo que le esperaba aquel último día del mes. Después de ducharse, se vistió apresuradamente y se dirigió al paradero del autobús. La micro a esa hora iba casi desocupada y con varios asientos libres. Buscó dentro de su cartera el libro que estaba leyendo. Cómo lamentó no llevarlo consigo. Sin duda habría sido la compañía ideal para mitigar la ansiedad que la inquietaba. Cerró los ojos y se dejó adormecer por el tedioso movimiento del autobús, pero no consiguió ahuyentar por mucho tiempo ese extraño desasosiego que invadía su interior. Tal vez era un aviso que algo no saldría bien ese día. No podía evitar anticiparse a los acontecimientos y siempre imaginaba el peor de los desenlaces. La mayoría de las veces sufría en vano, casi nunca sus pesimistas premoniciones se cristalizaban. Miró a través de la ventanilla del bus y reconoció la casa comercial que diariamente le anunciaba que el fin del viaje estaba próximo y debía bajarse en el paradero siguiente. Apresuradamente se levantó del asiento y tocó el timbre para avisar la parada. Tan pronto como sus pies tocaron la acera, comenzó a caminar casi mecánicamente en dirección hacia una construcción de altura que se asomaba al final de la avenida. Una hilera de casonas antiguas se extendía a lo largo de ambas veredas, separadas por un hermoso parque. El entorno conservaba un aire señorial, pese a que muchas de las casas estaban convertidas en acogedores cafés y elegantes restaurantes. Poco antes de llegar al final de la ancha avenida, el paisaje cambiaba abruptamente. La torre que Mónica había visto desde lejos, aparecía ahora imponente, como un gigante de treinta pisos de altura, en medio de las residencias de estilo europeo, construidas con ladrillos y piedras y con techos de tejas rojas y apenas unas pocas alcanzaban los tres pisos de altura. En el antejardín que conducía a la entrada del edificio Mónica se detuvo unos momentos, para recorrer con sus ojos la construcción, -de abajo hacia arriba- intentando identificar las persianas metálicas color azul que protegían del sol las ventanas de su oficina. Tras reconocerlas, sin saber porqué se estremeció. Al parecer aquella especie de escalofrío espantó sus pensamientos, haciéndole tomar conciencia de su corpórea realidad y allí estaba otra vez, a punto de renunciar a esas nueve horas de su vida, para ponerlas a la disposición de
De pronto, las luces del ascensor empezaron a parpadear. Mónica observó los tubos fluorescentes que estaban adosados al cielo del aparato. Se preguntó cuándo los habrían revisado por última vez. Y claro, justo ahora empezaban a fallar… Ah, era preciso darse tiempo para preparar la sala de reuniones. Al medio día sería la presentación del nuevo producto a los distribuidores. Pero había algo importante que no podía recordar. Cerró los ojos casi inconscientemente durante apenas un frágil segundo. Al abrirlos se horrorizó, no logró ver nada. La caja metálica había quedado completamente a obscuras. Escuchó un raro crujido, después la máquina dio una especie de salto y se detuvo. Sintió un fuerte golpe en medio del corazón, como si algo o alguien se lo hubiera querido arrancar del pecho. Por un segundo pensó que su cuerpo se había paralizado. Súbitamente una oleada de frío empezó a recorrer todo su cuerpo. Un extraño sudor empapó su cara, su cuello, su pecho, su espalda y sus manos, las que intentó secar frotándolas contra sus ropas, pero éstas también estaban húmedas. Tuvo la sensación de que de un momento a otro iba a abandonar su cuerpo. Un escalofriante grito se le escapó de la garganta, luego otro aún mas fuerte, a la vez que sus dedos empapados de sudor presionaban los botones del tablero que ya no podía ver. Notó como su respiración se entrecortaba, le pareció que el oxígeno que respiraba no llegaba a sus pulmones. Tenía que salir de allí, era preciso que se enteraran que estaba atrapada entre los muros del edificio. Empuñó sus manos y con toda la fuerza que tenían sus brazos, empezó a golpear sin cesar las duras paredes de metal que retumbaban estrepitosamente en sus oídos como millones de tambores al unísono. Su voz estalló en medio del estruendo, pidiendo auxilio, implorando que alguien la rescatara de las fauces de aquel monstruo de metal…Nadie parecía escuchar…
Así como se evapora la neblina, dejando tras de ella un luminoso día de sol, repentinamente la puerta de aquella jaula del terror se abrió. Mónica entonces vio aparecer frente a ella rostros desconocidos que estupefactos la observaban. Ignorando aquellas miradas atónitas, que atentas seguían todos sus movimientos, Mónica bajó los ojos y empezó a mirarse desde los pies hasta su pecho. Enderezó su chaqueta, acomodó el cuello de su blusa, impávida puso en orden unos mechones de su cabello que caían desordenados sobre sus ojos. Con decisión se sacó los lentes para luego ponérselos nuevamente, asegurándose con los dedos que había quedado bien sujeto detrás de sus orejas y ya casi totalmente relajada, abandonó el ascensor despreocupadamente, como si jamás hubiese sido la víctima de esa horrorosa pesadilla.Si alguien hubiese tenido la oportunidad de mirarla de frente en el momento exacto en que detrás de ella se cerraba la puerta del ascensor, llevándose a los testigos de su desvarío hubiera advertido que se hallaba terriblemente avergonzada. La piel de ese rostro parecía estar incendiándosele en las mejillas.
Mónica se detuvo un instante en el pasillo deshabitado. Abrió la cartera con la intención de buscar su espejo, pero al punto desistió. No se atrevió a mirarse. No quería encontrarse con ella misma. Sintió temor de ver en él reflejada la imagen de su otro yo, a la verdadera Mónica, trémula y perturbada que solo ella conocía, porque se ocultaba hábilmente detrás de aquella mujer que irradiaba confianza y seguridad. Desde su interior, la voz de esa Mónica incorpórea e invisible no cesaba de repetirle que mantuviera la calma, que ignorara el temblor involuntario de sus párpados y esa sensación de nudo en la garganta y la opresión en el pecho que la tenía al borde del llanto.Fue la misma voz que la hizo olvidar el espejo y que la obligara a poner una sonrisa en sus labios, para que contestara cortésmente – “Buenos días señor”– al saludo del principal cliente de la empresa, que ya esperaba a su jefe en la sala de recepción de la oficina.
Mientras gentilmente la secretaría servía el cafecito ofrecido a aquel señor tan importante, al tomar la bandeja para llevárselo, advirtió complacida que había podido controlar por completo el temblor de sus manos. Era lo que tenía que hacer. Después de todo –pensó– aquellas horas de su vida ya no le pertenecían en absoluto.






Excelente...
Espero pronto poder conocer a la escritora...
Saludos a todos, ¡¡¡en especial al cumpleañero!!! :)